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Educar sin escuelas

 El valor de enseñar, la aventura de crecer: carta con tres destinatarios Mieres, 

29 de octubre de 2010 

 Han pasado cincuenta años y miles de jóvenes como vosotros. Han pasado 20 años y yo también. En ese tiempo he podido darme cuenta de algunas cosas. La primera es que la vida da muchas vueltas. La segunda, que con frecuencia uno aprende a valorar las cosas cuando las pierde. Probablemente no sean dos grandes revelaciones pero creo que las cosas más importantes, muchas veces, son las más sencillas. Y de esas dos cosas que creo haber aprendido os quiero hablar en la inauguración de este curso académico, que no es un curso como otro cualquiera. Habitualmente en la lección inaugural de un curso, como solemos hacer en la universidad, quien da la charla elige un tema en el que es especialista y diserta sobre él durante algunos minutos. Yo lo podría hacer. Os podría hablar de cómo los medios de comunicación os manipulan, sin que lo sepáis; cómo los medios de comunicación dan una imagen de vosotros que no es cierta; de los intereses ocultos de los grupos de comunicación; de lo que es verdad y de lo que aparenta serlo; de por qué la objetividad es imposible… Os podría hablar de la profesión más bonita del mundo: la de contar historias, la de conocer gente, la de entrar en el corazón de las personas. De la profesión que te permite estar donde pasan las cosas que cambian el mundo. Un oficio, en fin, para el que como decía Ryszard Kapuscinski, no sirven los cínicos. De la influencia de los medios de comunicación, de los conflictos de intereses entre las televisiones, de la fama, del dinero fácil. Podría intentar desvelar algunas claves para entender por qué algunos medios se esfuerzan en instalar en la opinión pública un clima de odio que ayuda muy poco al progreso de una sociedad que vive sus horas más bajas. O por qué la estupidez, la mediocridad, la simpleza y el mal gusto son más rentables y cuestan menos a corto plazo, pero son terriblemente caras al medio y al largo: sobre todo para el país. No pocos se lamentan de que los medios de comunicación han cambiado los referentes. Puede ser. La culpa es nuestra por haberles dejado. Por haber permitido que freaks se instalaran en el salón de nuestras casas. Se han convertido en okupas y ahora a ver quién los echa. Quizá sería mejor pensar en derruir la casa y empezar de nuevo porque las reformas parciales, antes o después, ceden. 2 Nos podríamos entretener hablando de la telebasura sin hacer frente al verdadero problema, que no es otro que la hipocresía o la doble moral de millones de personas que aseguran estar a dieta y se atiborran a hamburguesas y pasteles cuando nadie les ve, o incluso cuando les ven. Pero por una o dos no pasa nada, verdad? Ya mañana me pongo en serio. Hemos descubierto la telebasura, como si no existiera la radiobasura, la prensabasura, la literatura basura…Pero todavía no nos hemos dado cuenta del verdadero problema: la audiencia basura, la que anda metiendo la mano en los contenedores de la información, en los basureros del entretenimiento. Es una audiencia que ya no espera a que cierren los programas para ver si encuentran algo que llevarse a la conciencia, al corazón o al hígado. A esa audiencia también habría que dedicarle algún reportaje como a los sin techo en Navidad. Alguien debería salir por la noche a ofrecerles una taza de café caliente… y un libro. Pero si andan callejeando en busca de restos quizá el problema no sean los desperdicios sino por qué hay gente que con eso, vive. Pero hay que tener cuidado. Porque entre tanta miseria surgen periódicos ONG que se ofrecen a sacar a la gente de su lamentable situación dándoles dosis de libertad adulterada. Son salvapatrias… pero de papel, que hacen negocio a costa de los grandes contenedores… de contenidos. Son los propios medios de comunicación los que alertan de que, cuando las sociedades entienden que los partidos tradicionales no dan respuestas, cuando el desencanto lo llena todo y la desafección política parece haberse instalado y no deja siquiera opción a la esperanza, entonces surgen los partidos radicales. Pero no dicen que cuando los medios tradicionales – los de siempre- ya no aportan nada surgen otros como mesías. Igual que con la política, el remedio puede ser peor que la enfermedad porque la independencia, la objetividad y la calidad de la que alardean se muestran como la solución a todos los problemas. Pero el asunto no es tan fácil. También os podría hablar del estado de la universidad en España, de cuáles son las mejores, dónde estudiar, de las carreras que dicen que tienen más futuro, de cómo debería ser la formación universitaria, de por qué somos los últimos – o casi – de Europa. Incluso, de si sirve para algo estudiar un grado. O, sencillamente, ¿por qué estudiarlo? Vuelvo aquí 20 años después para reconocer que algunas cosas parece que no han cambiado mucho. Cada año 3 llegan a la universidad un buen número de estudiantes que no saben lo que quieren. Van por inercia, porque no saben qué hacer o porque les obligan los padres. ¡Qué manera de perder el tiempo y de hacérselo perder a quienes se proponen construir algo de la nada! ¿Quién ha dicho que después del Bachillerato haya que cursar un grado? Una carrera se hace si se quiere, pero sobre todo, si se puede. Una carrera universitaria, a diferencia de la formación básica, no es ni un derecho ni una obligación: es una opción, disponible para algunos, no para todos. Porque no todo el mundo está preparado para estudiarla y no pasa nada. Porque la sociedad en que vivimos necesita médicos, abogados, ingenieros… pero también electricistas, albañiles, fontaneros, administrativos, carpinteros… El objetivo es un trabajo y los caminos son diversos. Que cada uno elija el quiera y el que pueda según sus gustos, habilidades y ambiciones. Lo importante es andar el camino… pero el de cada uno; no el que marquen otros. Lo fundamental es poder vivir y que cada uno decida de qué manera. España es uno de los países de la Unión Europea con la tasa más elevada de licenciados y no hay mercado para darles trabajo. Por esa razón, muchos están desempeñando puestos para los que se precisa menos formación. Y no pocos, para los que ni siquiera se necesita formación. Alguien os debería contar estas cosas. Desde luego, no os lo dirán las universidades que vienen a ofertar sus estudios a los alumnos de segundo de bachillerato. Por cierto, tanto privadas como públicas. La Universidad se ha convertido para muchos en la coartada perfecta para retrasar la decisión de qué hacer en su vida. Los alumnos llegan perdidos y no pocos en el primer curso ya piensan en el master. Algo estamos haciendo mal. Son incapaces, casi sin excepción, de entender nada. Creen que hacer un trabajo en equipo es trocearlo, elegir una parte y, después, poner una detrás de otra. Por eso no entienden que un comentario de texto también se puede hacer en equipo. Asumen que cuando el profesor pone una película o provoca un debate, “qué bien, hoy no tomamos apuntes”. Algo estamos haciendo mal cuando son los propios alumnos los que te exigen un examen porque con cualquier otro sistema de evaluación se desorientan. Porque llegan a la Universidad programados. Y cuando les tratas como a personas, cuando les pides que piensen por su cuenta, que se cuestionen las cosas, que las critiquen… o tienen miedo porque les faltan los recursos básicos para hacerlo o se aventuran con cualquier cosa porque, como están opinando, mantienen que su opinión es tan válida como la del profesor. Los dos extremos son igual de contraproducentes. 4 Veinte años después vuelvo al Bernaldo de Quirós para compartir con vosotros la tristeza que produce constatar que algunas cosas siguen igual y que aún sigue habiendo jóvenes que piensan que una universidad pública es mejor que una privada. Dependerá de qué pública y dependerá de qué privada. Pero es más cómodo pensar en términos absolutos, como si todo fuera blanco o negro. ¿Sabíais que las mejores universidades norteamericanas son privadas? Quizá porque tienen el dinero para pagar a los mejores, quizá porque tienen los recursos para que los alumnos tengan a su disposición toda la infraestructura necesaria para una formación competitiva. Y claro, os podría detallar con todo lujo de detalles qué es eso que los universitarios llamamos Bolonia. Hace meses escribí un artículo que se titulaba ‘Bolonia está en Estados Unidos’, porque ese espacio europeo de educación superior fue, desde siempre, el espacio norteamericano natural de educación superior. Hemos tardado mucho en darnos cuenta de que la Universidad no es una caja de cristal, a la que mirar asombrados, movidos por las cosas extraordinarias que ocurren dentro, y que son curiosas pero que quizá sirven de poco. Bolonia es una bomba que ha hecho saltar por los aires una estructura que solo soportaba a los que estaban dentro y les ha hecho salir a la realidad, a la que nunca debieron darle la espalda. Bolonia ha permitido que las universidades dejaran de ser monumentos para convertirlos en edificios funcionales, útiles. Y ha dado vida a una institución que quizá no entendía que el prestigio y la excelencia cobran su verdadero significado cuando revierten en la sociedad a la que se deben. Y no lo entendía, quizá también, porque se entretenía demasiado en teorizar precisamente sobre el prestigio y la excelencia. Soy un firme defensor de Bolonia porque hace posible la universidad que necesita la sociedad y el mundo que nos ha tocado vivir. Pero en ese nuevo sistema se van a incorporar estudiantes que vienen con los mismos esquemas mentales. Para que la entiendan, la disfruten y asuman que es eso lo que necesitan deben llegar preparados para algo que quizá poco o nada tiene que ver con el bachillerato actual. La revolución del nuevo sistema educativo superior debe comenzar allí donde los alumnos asientan las estructuras fundamentales que les permiten conocer el mundo: en la educación primaria, pero sobre todo en el bachillerato. 5 Y podría consumir toda esta intervención en argumentar cada una de las afirmaciones provocadoras que he pronunciado porque yo, por el periodismo y por la enseñanza, ma---to. No es cierto, yo por el periodismo y la enseñanza vivo. Pero esa sonrisa que se os ha dibujado a algunos sería la coartada perfecta para quienes se empeñan en hacer una radiografía de vosotros que tiene muy poco que ver con la realidad. Pero eso prefiero dejarlo para otro momento porque, además, ya lo he escrito y porque prefiero compartir con vosotros algunas cosas que, aunque no son ciencia, aunque no van acompañadas de notas al pie de página y cientos de referencias bibliográficas, para mí son muy importantes y espero que para vosotros sean útiles. Pienso que la mejor enseñanza de un maestro es aquella que te vale para la vida. Y ésa es la idea que late en esta intervención. Soy consciente de que quizá no lo consiga porque sé que sólo soy un profesor y no un maestro. Pero me van a permitir que, al menos, lo intente. Comenzaba mi intervención diciendo que en los últimos 20 años he aprendido que la vida da muchas vueltas. Puede que no sea una conclusión reveladora. Puede incluso que sea evidente. Pero incluso las evidencias hay que demostrarlas para que se conviertan en ciencia. Y esta ciencia es útil. He pasado aquí los mejores cuatro años de mi vida. Para otros compañeros, los momentos más vibrantes, los más provechosos, fueron los de la universidad. Admiré a cada uno de los profesores que me dieron clase entre estas paredes. Para mí, muchos de ellos, fueron mucho más que eso. Pero nunca lo supieron. No encontré el momento para decírselo porque, cuando me di cuenta, habían pasado 20 años. Fueron ellos los que me enseñaron a escribir, los que me engancharon a la historia. Jamás entendí por qué algunos decían que el latín y el griego estaban muertos. Nada me hacía disfrutar más que las traducciones y no era posible que lo pudiera pasar tan bien con algo que no tenía vida. Reconozco que si leí los textos fundamentales de la literatura española fue porque aquí tuve extraordinarios profesores que me ayudaron a entender qué había entre cada una de las líneas. Me di cuenta de que mi vida tendría muy poco futuro si me empeñaba en hacer algo relacionado con lo que entonces era Hogar o Educación Física. Supe que la física estaba llena de fórmulas que explicaban cosas que – lo confieso- no me interesaban nada; que la química era divertida pero que los ‘elementos’ que a mí me interesaban eran otros más complejos. Me percaté de que, o me ponía las pilas con el inglés, o no iba a 6 llegar a ningún sitio. Fui testigo de que Religión es una asignatura necesaria cuando quien te la explica, aún siendo un cura encantador, te lleva de la mano por la historia de las ideas religiosas, por el arte religioso, por la vida religiosa. Veinte años después llegué a la conclusión de que los profesores que tuve aquí lo tuvieron que hacer muy bien, porque en los veinte años siguientes, jamás eché en falta ninguna educación para la ciudadanía. Todos esos maestros se ponían en este lado. 20 años después, seguro que con menos motivos, soy yo quien ocupa su lugar; usurpa, diría yo. En este tiempo he pisado algunas de las mejores universidades del mundo, investigando, dando clase o impartiendo conferencias. Desde hace un mes, en España se imparte una nueva carrera universitaria: el Grado en Protocolo y Organización de Eventos. Yo he sido el creador de esos estudios. Y creedme que la emoción que sentí cuando el Consejo de Universidades decidió aprobarla fue extraordinaria. Pero la que hoy siento es mucho mayor. Porque hoy puedo darles las gracias: en lo que he conseguido, poco o mucho, ellos han tenido mucho que ver. A quienes hoy tenéis el privilegio de trabajar en este centro me gustaría pediros algo. Y quiero hacerlo, por una parte, con la humildad debida y la admiración que os profeso, y con la presunta autoridad que me da o el cargo que tengo o el trabajo que desarrollo. Recoged el testigo de quienes me dieron clase y adaptadlo a los tiempos que nos ha tocado vivir. Buscad el talento entre los estudiantes. Esforzaos en detectar las habilidades de los alumnos, aquéllas que les hacen distintos. Cada uno de los jóvenes que entra en un aula es un precioso potencial que alguien tiene que descubrir. Alguien tiene que ponerles frente a sí mismos. No renunciéis a llevar esa iniciativa y a asumir la responsabilidad. En las universidades que trabajamos con un número reducido de alumnos, y los podemos conocer, seguir, no os imagináis hasta dónde podemos notar la preparación de los alumnos que vienen del bachiller, el lujo de trabajar con jóvenes que tienen las cosas claras, que tienen ambición, retos, que persiguen objetivos en la vida. Lamentablemente, no son la mayoría. Y cuando sintáis que vuestro trabajo se convierte en rutina, paraos a pensar que, cada día, quizá sin saberlo, estáis poniendo a algún alumno a las puertas de su futuro, al inicio de un camino largo, quizá sin trazar. Vuestras palabras son tan decisivas que pueden condicionar toda una vida y, en el mejor de los 7 casos, permanecer durante un tiempo como una losa en sus vidas. Guardo aún en el recuerdo -aunque la distancia que da el paso del tiempo me permite esbozar una sonrisa- los comentarios de dos profesores: uno del instituto y otro de la universidad. Tuve una profesora de literatura en esta casa que disfrutaba pidiéndonos cosas extrañas, o al menos eso me parecía. Su aspecto era peculiar. Probablemente si yo hubiera tenido más edad, de su forma de vestir y de hablar –incluso de su peinado, me atrevería a asegurar- habría deducido algunas cosas que me habrían ayudado a entender todo. Pero sólo tenía 16 años. En una ocasión nos pidió que, para la siguiente clase, trajéramos unas hojas de periódico y un libro de poesía. Se llamaba ‘El alfar de poesía’. Nada más entrar en clase, en el primer piso, se recostó sobre la silla y nos pidió que estrujáramos las hojas del periódico. Cerró los ojos y, mientras se atusaba el pelo, nos pedía que lo hiciéramos más rápido o más lento. Decía que le recordaba el sonido del mar. A pesar de que aquel episodio debería haber sido suficientemente significativo para catalogar al personaje, aún recuerdo que, tras leer una poesía, me pidió que le dijera en qué estaba pensando el autor cuando la escribió. Siempre pensé que, tratándose de poemas, estas preguntas eran una estrategia para perder tiempo porque difícilmente había posibilidad de contrastar mi versión con la de ella, que era, lógicamente, la acertada. Tras explicarle lo que yo creía que sugerían aquellos versos me espetó, probablemente sin mala fe, que yo era un analfabeto funcional. Tanta fue la vergüenza que pasé y el nerviosismo que me entró que creo que fue el único día en que el bocadillo de tortilla de la cafetería no me supo como siempre: aquello era gloria bendita. Tres años después, en primero de carrera, el profesor de Redacción Periodística, nada más entrar en clase, nos preguntó si sabíamos qué carrera habíamos elegido. El mismo respondió: una carrera que no servía para nada y que lo único que conseguía era arrojar a las listas del INEM a miles de estudiantes cada año. Un año después empecé a trabajar al tiempo que estudiaba. Siendo, presuntamente, analfabeto funcional. A veces pienso que probablemente he debido de encontrarme con gente muy torpe o he sabido engañar muy bien. Quizá las mejores enseñanzas no vienen en forma de consejos, sino de actitudes, de maneras de afrontar las circunstancias, de gestos, de pequeños detalles que, con el tiempo, adquieren sentido y se revelan como la mejor clase 8 jamás recibida. Ésa no se olvida, porque su contenido hay que aplicarlo a cada uno de los exámenes que te marca la vida. Sé que, con demasiada frecuencia, os culpamos de la escasa formación con la que llegan los alumnos a la Universidad y sé que en eso tenéis poca culpa, si es que tenéis alguna. Con permiso del consejero, la obsesión enfermiza de todos los gobiernos sin excepción por controlar la educación (ellos sabrán por qué) y su incapacidad para alcanzar un pacto de Estado en esta materia está teniendo consecuencias extremadamente graves. Modificar cada cierto tiempo cuestiones fundamentales del sistema educativo ahonda mucho más en la brecha que nos separa del mundo. Es como si jugaran a ser arquitectos que, cada dos por tres, corrigen los planos de un edificio que ya está en construcción. Con la diferencia de que los obreros son profesionales a quienes no les da igual poner una piedra en un sitio o en otro; de que las piedras que se cambian de lugar piensan y sienten; de que el edificio es una sociedad entera; y de que esto, consejero –me consta que usted bien lo sabe- no es un juego. Pero no hay ninguna ley que os impida inculcar el placer por descubrir, la necesidad de esforzarse, la satisfacción del trabajo bien hecho. Parece que a los políticos les preocupan las tasas de fracaso escolar pero vosotros, mejor que nadie, sabéis que la solución tiene poco que ver con una normativa y más con saber salvar la distancia generacional que os separa de los alumnos. El lenguaje en el que hoy debemos contar las cosas no es el mismo que el que utilizábamos hace unos años. Muchos de nosotros somos inmigrantes digitales que estamos enseñando a nativos digitales. Pero ese cambio en el código, provocado por el extraordinario avance tecnológico al que asistimos, es mucho más que un cambio en el lenguaje. Lleva implícito un cambio en la manera de afrontar los contenidos, de percibirlos, de entenderlos, de asimilarlos. Ése es el reto. Los alumnos no pueden tener la sensación de que, cuando entran en una clase, hacen un viaje en el tiempo… hacia atrás. La sintonía de las aulas con su vida debería ser perfecta. En caso contrario, es fácil entender que pierdan interés. El fracaso es lo siguiente. Es cierto que muchos de quienes consideramos nativos digitales utilizan las nuevas tecnologías de forma primaria y no saben aprovechar todas las posibilidades que ofrecen, pero no lo es menos que todos, absolutamente todos, son nativos audiovisuales. La mayor parte de sus conocimientos los han adquirido a través de los medios de comunicación y, sin embargo y paradójicamente, nadie les ha enseñado cómo se hace. Por esa razón son incapaces de cuestionar algo que jamás les ha 9 provocado desconfianza ni les ha hecho pensar. Porque los medios audiovisuales no van a la cabeza, van al corazón. Porque la velocidad con la que se suceden los contenidos impide la reflexión. Porque después de un muerto en el informativo llega un partido de fútbol. Y esto también ha cambiado la estructura mental de nuestros alumnos para quienes un libro quizá empieza a ser algo extraño, no porque no les guste, sino porque les obliga a estar pendientes de lo mismo mucho más tiempo de lo que acostumbran. Es una cuestión de hábito. Sus referentes son audiovisuales, incompatibles con la reflexión. Consumen datos pero no los procesan. Son capaces de trabajar en el ordenador, con la televisión puesta y escuchar música del ipod al mismo tiempo. Debemos esforzarnos en aprovechar esas habilidades, entre otras muchas, que quizá no teníamos quienes estudiamos aquí hace 20 años. Hay que cambiar el método y adaptar nuestras formas de enseñar porque ellos tienen unas formas distintas de aprender. Buscad la creatividad en cada clase y hacedlo siempre con pasión. Intentad transmitir pasión en cada clase, en cada contenido… Vuestros alumnos deben conseguir unos objetivos y no existe sólo un medio para hacerlo. Lo importante es que lleguen. Llevamos meses enzarzados en una absurda discusión sobre vuestra autoridad: la autoridad de los profesores. En algunas comunidades, como en la Madrid, en la que vivo, incluso se ha aprobado una ley en donde el profesor se equipara a una autoridad pública. Alguien no ha entendido que la autoridad, en la enseñanza, no se impone; se gana. La autoridad de un profesor es moral. Me resisto a veros como si fuerais un policía, y seguro que los alumnos también. Porque esas leyes precisamente contribuyen a separaros más de ellos. Ni yo soy pedagogo ni imparto psicología de la educación. Tengo para mí que esa ley debería dirigirse a los padres y no a los estudiantes. En el proceso formativo intervienen diversas instancias, y una de ellas es la familia. Los padres o tutores son cooperadores necesarios en el proceso formativo de sus hijos. Y deben ser ellos quienes inculquen la admiración debida hacia sus profesores. Si antes me he dirigido a los profesores con humildad y admiración, ahora quiero hacerlo a los padres con respeto. La asociación de padres de este instituto siempre fue para mí un ejemplo de engarce perfecto entre los tres pilares de este hermoso edificio centenario. Ustedes, los padres, no deberían abandonar la educación de sus hijos exclusivamente a los profesores. Ése es un trabajo conjunto. Participen activamente del proceso educativo de sus hijos: es la inversión más rentable 10 que pueden hacer en su vida. Inculquen en sus hijos el valor del esfuerzo, del sacrificio, la constancia y el respeto. Tengan interés por su evolución y refuercen con su autoridad el extraordinario trabajo de los profesores. He tenido la suerte de tener unos padres que, sin haber tenido la posibilidad de hacer ninguna carrera, están consiguiendo acabar cum laude la más costosa: la de la vida. Jamás, créanme, jamás he escuchado de ellos ninguna palabra fuera de lugar referida a un profesor. Siempre acudieron a sus llamadas y siempre reforzaron, en casa, los consejos que les daban en las tutorías. Con los años comprendí que el ‘usted’ que utilizaban al hablarles era la demostración evidente de la autoridad que les conferían. Su vida ha sido para mí el ejemplo, aunque callado, más perfecto y precioso al mismo tiempo de esfuerzo, sacrificio, comprensión y respeto. Hagan ver a sus hijos la suerte que tienen por crecer como personas en un centro por el que han pasado grandes personajes de la literatura, la ciencia, la filosofía, las artes. ¿Cuántas veces se han interesado por la marcha de sus hijos? He recordado con mucha frecuencia alguna vez que tuve la oportunidad de entrar en la sala de profesores buscando a alguno. Esas fotografías de quienes pisaron este palacio para compartir lo que saben, en un impagable gesto de generosidad, me impresionaban. En mi ingenuidad llegué a pensar que algún día yo estaría ahí porque habría hecho algo que merece la pena. Sigo viéndolo demasiado lejos pero siempre ha sido un aliciente, una meta. Al principio decía que, con frecuencia, uno aprende a valorar las cosas cuando las pierde. O quizá mejor, cuando ya no están. Por eso me gustaría que a vosotros, los alumnos, no os ocurriera lo mismo. En la última parte de esta intervención quiero dirigirme a vosotros, razón primera y última de nuestro trabajo. Y lo haré, tal y como reza la publicidad de los folletos, como un alumno, “desde luego, como todos los demás”. Puede que algunos de vosotros estéis aquí sin saber todavía por qué. Quizá porque no os queda otro remedio, por empeño de vuestros padres, porque la ley obliga… Quizá algunos, cuando acabéis esta etapa de formación, queráis cursar algún módulo de FP. Quizá algunos de vosotros queráis ir a la universidad porque es lo que toca, porque es donde se hacen las personas de provecho. No os engañéis. Lo 11 realmente importante en la vida es ser feliz, hacer lo que cada uno quiere y puede, pero sabiendo a lo que os tendréis que enfrentar dentro de unos años. Si deseáis prepararos para un oficio, estupendo; si queréis estudiar una profesión, estupendo también. En ese caso deberíais saber que nuestro país tiene una de las tasas más altas de graduados de Europa. Eso significa que la competencia es mayor pero, de momento, el mercado es el mismo. No hay sitio para todos. Pero eso no debería ser ningún problema si os entregáis al estudio, si disfrutáis con la carrera. En todo caso, esa decisión vendrá después. Ahora lo importante es que sepáis aprovechar una etapa que no va a volver y que será decisiva en vuestro futuro. Y lo será porque aquí tenéis que tomar una decisión muy importante: qué hacer, de qué os gustaría vivir. Quizá creáis que aún es demasiado pronto para pensar en algo así, pero el tiempo pasa muy rápido. Decía el poeta belga Georges Poulet, “no es el tiempo el que se os da, sino el instante”. No desperdiciéis ni un momento. Aquí encontraréis a los mejores maestros. La relación que tenéis con vuestros profesores es privilegiada. Ellos os ayudarán a tomar la mejor decisión. Intentad daros cuenta de lo vitales que son para vosotros los profesores que veis cada día. No cometáis el mismo error que yo. En ellos recae la preciosa responsabilidad de ayudaros a crecer como personas. Ésa es la buena educación. Ser capaz de vomitar unos apuntes el día de un examen no tiene ningún mérito. Buscad cada día dónde está vuestro maestro. Ése al que os gustaría pareceros no por lo que sabe, sino por lo que es. En vosotros está la decisión de cambiar la sociedad y el mundo. Pero para conseguir cambiar las cosas es fundamental el esfuerzo y la constancia. La clave no radica en esforzarse para disfrutar sino en disfrutar con el esfuerzo. Eso es posible si hacéis lo que os gusta, si os dejáis la piel en alcanzar los objetivos que os marquéis. Si aprendéis a valorar el trabajo bien hecho. Yo aún sigo en ello. Y no os creáis las cosas sin cuestionarlas. Preguntaos el porqué, id al fondo de lo que ocurre. No os conforméis con quedaros en la espuma de las olas. Ésas que forman las marejadas. Porque si vais al fondo, la mar está más tranquila. Joaquín Sabina, en una referencia cantada homenaje a la obra ‘Cien años de soledad’ del nobel colombiano Gabriel García Márquez dice: “En Macondo 12 comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Es mentira. Yo hoy he vuelto, y he vuelto a ser feliz. Nuevamente.

Muchas gracias

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